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Que equivocarse es humano lo sabemos todos y aún así no siempre se gestiona bien el impacto que tiene en nuestro ánimo un error en el trabajo.

Bien sea por exceso de perfeccionismo lo cual no nos permite aceptar la limitación de nuestras capacidades. Por miedo  a que el error sea utilizado en nuestra contra. Por el temor al qué dirán. Por creer que evidencia carencias profesionales y así un largo etcétera, amén de las propias y objetivas consecuencias derivadas de un trabajo mal ejecutado.

Pero lo cierto es que todos  estos pensamientos subjetivos tienen un denominador común: la falta de confianza en nosotros o bien en quienes nos rodean.

Siendo así y puesto que “la equivocación” es un irremediable compañero de viaje y la vida laboral muy larga, entendámosla como una carrera de fondo en la que a la postre lo que realmente importa es poner el error a nuestro servicio e intentar aprender de él todo lo que esté en nuestra mano.

Tener la valentía de admitir el error, así, sin más y ser capaces de extraer de él el conocimiento suficiente para no reproducirlo nuevamente dota a la larga del peso real que nuestro saber hacer se merece.

Ocultarlo, la mayoría de las veces, supone un flaco favor dado que antes o después aparece de entre las sombras suponiendo, además de un mayor problema por no haberlo atajado antes, la evidencia de nuestra inseguridad al no haberlo hecho público a quien corresponde (y si corresponde…claro está).

Por desgracia, también he de decir, hay empresas que penalizan el error o lo que es peor, la falta inmediata de eficacia, ignorando valores que dan pista de la auténtica valía  de un trabajador. Qué cabe decir…

Son estilos de gestión basados en los resultados rápidos y no en el real potencial humano, obviando que la auténtica excelencia nace de la motivación y del continuo espíritu de superación.

En esos casos opino que se hace necesario trasladar con respeto y concisión nuestra opinión acerca de la injusta valoración de nuestros méritos.

Con todo hemos de ser siempre conscientes del entorno en el que nos encontramos para saber  a qué tipo de juicios de valor nos exponemos y darles la importancia justa y el peso en nuestro ánimo mínimo y necesario.

Lo que realmente merece la pena es  imponernos a título personal  ser los jueces más exigentes de nosotros mismos pero también los más flexibles y permisivos.

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