shopping-cart-1841155_1920.jpg

Todos tenemos a un superior jerárquico en el trabajo, hasta el “mandamás” tiene a alguien a quien también rendir cuentas, bien sea ante socios, ante inversores o ante su propia cuenta bancaria. Pero esto es sólo jerarquía, la realidad es que para toda empresa hay un único, común e indiscutible jefe… el cliente.

Sea  empresa de servicios, de productos, cooperativas, colegios, fundaciones… toda “empresa” que se precie ha de tener clientes, clientes a los que ofrecer calidad a buen precio.

Es el cliente el que aprueba lo que haces, el que opina si el precio  aplicado es caro o barato, el que congenia o no con los empleados, el que  publicita tu buen hacer y desacredita tus malas gestiones… el que paga tu nómina… el que… todo…

Y es que no nos engañemos, si el proyecto empresarial no tiene calidad, el precio fijado no es el precio justo que el cliente estima que ha de pagar, no conecta con la gente que le atiende, en definitiva, no ve valor en lo que haces, sencillamente, no consume y si no hay consumo no hay entrada de liquidez para el pago de tu nómina.

Realmente, esta reflexión tiene poco de original y de ingeniosa y sin embargo a la hora de la verdad, parece que la olvidamos.

Hay muchos profesionales en cualquiera que sea el ámbito, que en su día a día tratan al cliente como si fuera un fastidio, una pequeña carga que hay que soportar, seres que lejos de querer facilitarles la vida se empeñan en exigir y demandar atención de quienes, por lo visto, no llevan intención de darla.

Son aquellos que piensan que el cliente es el enemigo, el que siempre quiere aprovecharse de ellos o  “darles la vuelta” , el que exige sin sentido y con abuso… razón por la que habitualmente están a la defensiva, quejándose por lo “pesados que son” unos, por la “tontería” de otros, por lo “caprichoso” de aquel… sin darse cuenta que esa es su auténtica labor. No la de “despachar” sin más … si no la de intentar comprender, empatizar y anticiparse a unas necesidades lógicas y a unas demandas legítimas.

El cliente no es tonto y excepciones a parte, sabe lo que quiere y sabe el motivo por el que lo pide. Tal vez en ocasiones sus formas no son siempre las adecuadas pero pensemos que puede ser que haya sido el propio sistema el que le ha acostumbrado a “entrar atacando” por eso de que “el que no llora no mama” y piense, víctima de la experiencia, que de no ser así no será debidamente atendida su demanda. ¿No cabría aquí una reflexión profunda de por qué  “el cliente” (es decir, cualquiera nosotros) entiende así esta realidad?.

Y aunque sólo sea por propio interés, no olvidemos que si “nuestro jefe” no nos aprueba tenemos seguras posibilidades de fracasar en nuestro empeño.

 

 

 

 

Anuncios