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En los comienzos de toda andadura laboral nuestros niveles de concentración, espíritu creativo y motivación son máximos, poco a poco, conforme el día a día nos dota de la seguridad necesaria para confiar en nuestra destreza también van aumentando progresivamente los sentimientos de rutina y la falta de invención.

Y es que, seamos honestos, la idea de creerse estable en un puesto de trabajo y vivir con la esperanza de poder jubilarse en él, nos infunde calma y confianza en el futuro pero también nos hace comodones y poco creativos.

No parece una buena idea el estar continuamente cambiando de puesto de trabajo para evitar esa situación, además de poco práctica hoy en día… y tampoco se tiene siempre la oportunidad de estar periódicamente promocionado en la empresa. Llegados a este punto y en cualquier caso por una mera cuestión de interés personal, lo mejor es ser capaz de reinventarse a sí mismo.

Es necesario para ello hacer un ejercicio constante de autochequeo para valorar hasta qué punto nos estamos convirtiendo en meros autómatas en nuestro quehacer, saber si estamos perdiendo las buenas costumbres o si estamos aprovechando debidamente el conocimiento y las habilidades que hemos ido adquiriendo en el puesto tras el paso de los días.

Sería bueno poder recuperar el entusiasmo de los primeros días, dejando atrás los nervios y las dudas que para entonces nos acompañaban, y darle un nuevo valor a nuestra dedicación, no solo a nivel profesional, también incluso a nivel social, puesto que el conocimiento que hoy tenemos de nuestros jefes y compañeros es infinítamente mayor que al principio.

Sin embargo, para ello , antes hay que deshacerse  de un enemigo implacable y devastador, la rutina. Y no siempre es fácil…

Levantarnos a la misma hora, dirigirnos por el mismo camino al puesto de trabajo, ver a la misma gente, sentarnos en la misma silla, tomarnos el mismo café… al cabo del tiempo provoca en nosotros una intensa sensación de monotonía con la cual resulta complicado romper.

Tal vez tomarse unos días de “vacaciones” para ver las cosas con perspectiva, intentar buscar un momento tranquilo fuera del entorno de trabajo o incluso hablar de ello con terceros nos permita “resetearnos”, poder encontrar nuevas líneas de trabajo, nuevos métodos, una nueva perspectiva de realidades que parecían únicas y lo que es más, descubrir evidencias que teníamos frente a nosotros y éramos incapaces de ver.

Quién sabe si al volver de ese corto viaje a la creatividad descubramos a modo de revelación por qué tal compañero se comporta como lo hace, por qué siempre obtenemos la misma respuesta de nuestro superior, por qué nunca avanza ese proyecto que lleva años atascado u ójala, por qué no éramos capaces de disfrutar como antes de nuestro trabajo.

Incluso si todo ha ido bien, seguro que vuelves con un montón de ideas nuevas. Aunque hemos de ser conscientes de que, tal y como me contó una buena amiga hace unos meses que tras su baja maternal volvía a su puesto de profesora llena de nuevos proyectos, no todas esas ideas puedan luego llevarse a cabo. Pero ese tema, si os parece,  lo dejamos para más adelante…

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