luggage-933487_1280Para muchos de nosotros, que no para todos…, estos días son de reencuentros tras unas semanas de vacaciones  que añoradas y de larga espera han pasado rápidas y en ocasiones inadvertidas. ¿Han servido para algo?.

Si la respuesta es “no mucho”, lástima, porque las vacaciones por norma se nos hacen escasas y la rutina se asienta rápidamente en su antiguo trono. No llevo intención de hablar hoy de la consabida “depresión posvacacional” que además de rellenar todos los años las cabeceras de los telediarios de poco más sirve, siendo más bien un exagerado trato, pretendiendo llamar depresión a lo que es más bien un fastidio momentáneo.

Pero volviendo al asunto, puesto que son pocas o a muchos de nosotros nos lo parece, debemos utilizarlas conscientemente en nuestro beneficio. Independientemente de a dónde hayas ido, lo que hayas hecho o con quién has estado, es vital desconectar.

Ello no quiere decir que sea maldito cada pensamiento que nos venga relacionado con nuestro trabajo, que vendrá, porque así tenemos programadas nuestras neuronas los once meses restantes del año, de lo que hemos de ser capaces es de aparcar esos pensamientos por un tiempo y desintoxicarnos de los acompañados juicios de valor con los que suelen presentarse. Entre otras cosas, para poder dar distancia a todo lo que nos viene ocurriendo y volver a analizarlo más tarde cuando sea el momento.

¿Y qué momento es ese?. A mi particularmente cualquier situación que me aporta tranquilidad para pensar (es decir, que si estás solo mejor…) en un entorno que no es el habitual y sí, durante alguno de esos días de vacaciones, sólo un rato, pero un rato productivo.

Casi siempre y más últimamente, he tenido como obsesión aprovechar las vacaciones para pensar con tranquilidad en mi día a día profesional y como suele decirse “poner las cosas en su sitio”. Para ello he utilizado esos días leyendo libros relacionados con diversos aspectos de mi ámbito profesional, especialmente relativos a estrategias de recursos humanos y dirección de equipos, pensando que así podría dar lugar a nuevas ideas, a métodos distintos y a nuevos enfoques que harían más exitosa mi labor diaria… Pienso hoy… qué absurdo…

Absurdo porque desconectar requiere romper con lo que se viene haciendo, absurdo porque no se puede conseguir en unas semanas lo que no se ha conseguido en meses, absurdo porque el tiempo de ocio es preciado y hay que disfrutarlo con los nuestros del mejor modo que se nos ocurra.

Así que, en conclusión, he decidido apostar por conseguir, como venía diciendo, sacar ese pequeño momento: durante un paseo, tirado en una hamaca o pescando renacuajos en el río… en el cual puedas verte a ti mismo desde la distancia, valorando tu devenir diario en el trabajo, cómo lo afrontas, qué te aporta, cómo te hace sentir, cómo lo llevas a cabo y cómo te gustaría llevarlo a cabo. Se trata de hacer una autocrítica sincera pero sin “autoflagelarse” ni castigarse, sencillamente siendo un observador neutral. Y nada más.

Terminado ese paseo, fin de la historia, ya llegará el momento de volver al trabajo y poner en práctica (o intentarlo) todo aquello que hayamos concluido.

El resto del tiempo a descansar, a disfrutar, porque mal podremos volver con fuerzas renovadas si no hemos renovado nuestros pensamientos y hemos dejado que el descanso y la falta de obligaciones hayan permitido un merecido descanso a nuestro cuerpo y nuestra mente.

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