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Ejerce el más genuino de los liderazgos, pon en práctica las mejores técnicas para la motivación de equipos, diseña el más completo de los protocolos de trabajo… y deja que lo apliquen los demás, te garantizo que no habrás conseguido nada, bueno sí, el descrédito de los tuyos.

Explícale a un niño que no ha de decir tacos y cada vez que tu desasosiego interior luche por liberarse a través de tu boca con todo tipo de improperios, aclárale a ese niño que tú si puedes ser un “malhablado” porque… porque… ¡porque eres su padre (su tío, su abuelo)!.

Lógicamente no le valdrá esa explicación y no porque “sea un niño” sino porque sencillamente ha dejado de ver la importancia de no hacerlo, porque siente injusticia en el reparto de obligaciones, porque si su padre puede… por qué no va a poder él.

Pues bien, salvando las distancias puesto que enseñar a educar niños no es el propósito, semejante planteamiento se puede hacer cualquiera en su puesto de trabajo.

Exigir a un equipo de trabajo el mayor nivel de excelencia no es labor exclusiva del departamento de recursos humanos, enfrascado en elaborar perfectos procedimientos de trabajo, sistemas de gratificación e incentivos y un largo etcétera de fácil impresión en papel.

Se trata de un deber cuyo peso recae principalmente en aquella o aquellas personas que lideran ese grupo, puesto que en sus manos está materializar en acciones todo aquello que queda plasmado en el papel.

Todo profesional necesita ver que TODOS reman en el mismo sentido, que lo que a él se le exige es obligación compartida de todos los integrantes de la empresa.

Ha de poder comprobar que el esfuerzo que él invierte cada día es de igual modo desempeñado por el resto de compañeros y de todos sus mandos.

No se trata de que sus tareas tengan que ser realizadas de igual modo y a la perfección por su superior jerárquico, puesto que éste tendrá otras tareas en parte similares y otras que no lo serán tanto y también requerirán de su tiempo.

Se trata de que los principios y valores de la empresa: el esfuerzo, la puntualidad, el respeto, la orientación al cliente, la profesionalidad, etc… sean máximas de cumplimiento obligado para todo el mundo, sin distinciones.

Súbete a un barco, rema por la derecha, cómodamente, a tu ritmo, eso sí, para compensar, pídele a tu equipo que reme por la izquierda, con brío y sin descanso… acabaréis dando vueltas, desorganizados, sin rumbo fijo y cansados, eso si antes no has sufrido ya un motín.

¿De verás te mereció la pena la comodidad de no predicar con el ejemplo?.

 

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